12:50
de traje negro, camisa blanca, alguna corbata pelotuda; interrumpe la clase para irse rajando.
no puede darse ni el lujo de bajar las escaleras caminando, tiene que volar literalmente.
está entrenado, tiene 19 años, es joven, y hace ésto desde el año pasado., de lunes a viernes.
camina a paso de liebre por moreau de justo, dobla en belgrano, paseo colón, irigoyen, cruza veloz la plaza de mayo, catedral, escalera, molinete, monedero, subte.
de hacer esto constantemente se dio cuenta que el subte abre sus puertas justo donde está el tacho de basura, siempre y cuando sea de los nuevos, si es de los viejos, es del tacho dos pasos a la izquierda.
entra, se sienta en uno de los asientos del medio, porque los de los laterales si bien son más cómodos y permiten que apoye la cabeza, generalmente son en los que viajan embarazadas y personas mayores.
con sus auriculares puestos, obviamente, pero no necesariamente escuchando música, sino que son una forma de que la gente no le hable ni le pregunte direcciones.
13.05
el subte arranca, falta poco para la magia. la magia sucede en tribunales, como hace un año la descubrió. lunes, martes y jueves de uniforme; miércoles y viernes de equipo de gimnasia.
tribunales, ella sube primero, como en su momento el valor del subte fue de setenta centavos a 110, a su corazón le pasaba lo mismo, de setenta pulsaciones a 110.
si. morocha, como corresponde, risa afinada, sonrisa perfecta. se llamaba maru, no sabe si por marina, mariana, maría, o qué, pero siempre le dijeron maru. iba al ilse, instituto libre de segunda enseñanza.
subía siempre en tribunales a las 13.12, ese subte, ese vagón porque era el más cercano a la escalera de la estación.
por eso tanto apuro, por eso corría tanto, no por llegar tarde a trabajar, sino por no perder los 18 minutos que la vería ese día.
si estaba escuchando música, pondría pausa para saber de qué hablaban, siempre subía ella, una amiga, a la que le decían ro, y tres flacos, uno se llamaba matías, según vio una vez en su carpeta de plástica n°6, los otros ni idea.
uno bajaba en agüero, ro y su novio bajaban en bulnes y matías se bajaba en plaza italia.
entonces ella quedaba sola. generalmente viajaba parada, por lo imposible que es conseguir asiento.
de tanto hacer esta rutina ya sabía que la profesora de biología era una pelotuda, que las clases de latín era un embole y la de plástica era una pajera.
ella cuando quedaba sola prendía su ipod y se ponía a escuchar música, de vez en cuando cruzaron miradas.
cinco veces en dos años coincidieron en sentarse juntos.
ella medianamente visto lo tenía.
de hecho se bajaban en jose hernández ambos, del mismo lado, pero ella caminaba para el lado de olaguer y feliú y ella subía del lado de virrey del pino y seguía caminando por cabildo. sí, alguna vez la intentó seguir.
nunca se animó a hablarle, no quería que las cosas perdieran la magia, le gustaba mantener el misterio, tenía miedo a la decepción.
prefería mil veces las historias que secretamente inventaba en los 22 minutos aproximados que tarda el subte en ir de tribunales a josé hernández. tal vez todas esas historias, esa personalidad, esa genialidad que ella tenía en la mente de él eran verdad, o incluso tal vez eran mejores.
pero el temor a ser decepcionado era más grande que llegar a conocer la genialidad. tenemos miedo a que las imágenes que creamos en nuestras mentes se rompan, nos gusta vivir en nuestra propia burbuja, por más que no nos de la plena felicidad, por lo menos nos hacen olvidar nuestros problemas y vivimos algo que nos hace parcialmente feliz.
epistemofobia: def. miedo al conocimiento.
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